Eran como las 12 de la noche y me puse a leer, a distraerme un poco para no estarte pensando. Cuando sentí que me invadió el sueño y no podía más, cerré el libro, tomé mi celular y vi la hora: la una. Era tarde, pero sólo había transcurrido una hora, y eso no fue lo grave… de repente ¡madres! Como cubeta de agua helada me cayó esa vocecita, era la pendejita de mí, como chamaca asustada que le preguntaba a su mami: “¿No llamó?”…
Y la otra, la más méndiga, contestaba casi instantáneamente: “No, pendeja, no llamó. Es más de media noche y no llamó, ni llamará… porque la miserable de mí, la orgullosa, lo mandó a chingar su madre… porque te hizo llorar, pendejita… y hasta a mí me hizo llorar; hasta a la orgullosa y miserable de mí le sacó el dolor y la tristeza… por eso ya no llamará.
“Algún día me lo agradecerás, tonta. Por lo mientras ven aquí, a mi pinche regazo y termina de cortarte las venas, berrea hasta que se te salga la vida…”
Buenas noches, méndiga y mendiga mías…
Y la otra, la más méndiga, contestaba casi instantáneamente: “No, pendeja, no llamó. Es más de media noche y no llamó, ni llamará… porque la miserable de mí, la orgullosa, lo mandó a chingar su madre… porque te hizo llorar, pendejita… y hasta a mí me hizo llorar; hasta a la orgullosa y miserable de mí le sacó el dolor y la tristeza… por eso ya no llamará.
“Algún día me lo agradecerás, tonta. Por lo mientras ven aquí, a mi pinche regazo y termina de cortarte las venas, berrea hasta que se te salga la vida…”
Buenas noches, méndiga y mendiga mías…
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